Hay de pueblos fantasma a pueblos fantasma. Algunos son abandonados después de ser explotados por sus riquezas minerales (como Real de Catorce, SLP). A otros los matan las tragedias (como Bojayá, Colombia). Ciertos pueblos fantasma solo existen en la ficción, y están llenos de monstruos y otros espantos (como Silent Hill).
Algunos pueblos fantasma son peores, como Prípiat, Ucrania, el centro urbano más afectado por el desastre de la planta nuclear de Chernóbil, acaecido un 26 de abril de 1986 y que hoy recordamos. Las imágenes de la ciudad, sin embargo, están lejos de ser dantescas: no hay gore, no hay destrucción masiva, no hay siluetas de gente quemada por el fuego nuclear a la Hiroshima y Nagasaki. Prípiat es diferente. Prípiat es anticlimático, tanto como la fotografía de un momento cotidiano. La gente salía a trabajar por las mañanas en Prípiat; los niños caminaban a la escuela; los viejos se sentaban en las bancas de los parques; las mujeres colgaban las toallas por las ventanas de los multifamiliares. Un parque de diversiones iba a ser inaugurado. Había gimnasios, cines, museos, tiendas. Se trataba de una ciudad modernísima, financiada por la prosperidad soviética de la década de los 70 –Prípiat, hoy en la frontera entre Ucrania y Bielorrusia, formaba parte de la antigua URSS en 1986–, y pensada para acomodar a las familias de los obreros de la planta nuclear de Chernóbil, a unos cuantos kilómetros de ahí. Alrededor de 50,000 personas vivían en Prípiat.
Entonces, las autoridades soviéticas decidieron evacuar la ciudad. Habían pasado dos días después del incidente en la planta. No obstante, pocos en Prípiat sabían qué había sucedido. En poco tiempo se transformó en un pueblo fantasma. El terror de la contaminación radiactiva convirtió un lugar próspero en un sitio abandonado. (En 2007 jugué el videojuego Call of Duty 4 y tuve la oportunidad de pasear virtualmente por una simulación nostálgica de Prípiat. Pone la piel de gallina.)
El accidente, un espectacular desfile de lamentables pifias humanas y violaciones a las regulaciones internacionales de seguridad nuclear, y solo amplificado por el silencio de la burocracia soviética, le ha costado un estimado de $235 mil millones de dólares a los diferentes gobiernos involucrados, según un reporte de la International Atomic Energy Agency, además de haber sido una catástrofe ecológica y una amenaza a la salud pública. El área de exclusión, los 30 kilómetros que rodean a la antigua planta, está tan fuertemente irradiada (durante las explosiones de los reactores en la madrugada del 26 de abril se liberó el equivalente radiactivo a 400 bombas de Hiroshima) que a mediados del siglo XXIII quizá pueda volver a habitarse la zona. Quizá.
El "sarcófago", como le conoce la comunidad internacional al recubrimiento masivo de cemento que cubre el reactor 4 de la planta de Chernóbil y que evita que se filtre la radiactividad, cada vez está más deteriorado. No fue pensado para durar mucho: fue pensado para contener el desastre. El New Safe Confinement es un "sarcófago" que se planea sustituirá al actual en 2015 y que, se espera, mantendrá al reactor 4 cubierto por 100 años. El problema es que cuesta un dineral. Algunos miles de millones de dólares.
El desastre de Chernóbil es uno de los dos únicos accidentes nucleares "grado 7" en la historia. El otro: Fukushima Daiichi, el año pasado.
Un melancólico set de Flickr con fotos tomadas este mismo año en Prípiat y Chernóbil, aquí.
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